martes, 26 de marzo de 2013

EN BUSCA DE UN BESO

Había una vez un pequeño sapo que vivía en una charca. El sapo estaba contento y era feliz, pues tenía todo lo que podía necesitar: una cama y mucha agua limpia.

“Un sapo no necesita nada más”, pensaba, hasta que un día... ...vio en un agujero de un árbol a dos ardillas que se daban un beso.

“¡Oh, qué bonito!”, pensó el sapo, y se sintió de pronto muy solo.
– ¡Yo también quiero que alguien me dé un beso! –dijo, y empezó a buscar en seguida a ese alguien.

Por el borde de la charca paseaba una cigüeña.

“¿Querrá darme un beso? –se preguntó el pequeño sapo–.¡Seguro que sí! Pero tiene el pico muy largo, no va a ser fácil. Será mejor que no le pregunte.”

Cerca del bosque se encontró un mosquito.

–¡Espera! –gritó–. Me gustaría darte un besito.

–Tú lo que quieres es comerme, di la verdad –gritó el mosquito–. ¡Pero no me dejaré! 

¡Búscate a otro!

Y se alejó volando muy deprisa.

Luego, el sapo se encontró una ratita.

–¿Querrías tú darme un beso? –preguntó el sapo.

La ratita lo miró de arriba abajo y estuvo un rato pensando.

–No, gracias –dijo finalmente–. Eres demasiado verde para mí. Si fueras de color gris y tuvieras orejas, unos ojos más pequeños y bigotes y pelo, entonces quizá...

El pequeño sapo empezaba a sentirse algo triste, pero no se dio por vencido.

“Alguna vez encontraré a alguien que quiera darme un beso –pensó–, ¡y será maravilloso!”

En el campo de zanahorias, se encontró un conejo.

–¿Me das un beso? –le preguntó.

–Yo solo doy besos a las zanahorias –dijo el conejo–. ¡Mira, así...!

¡CRAC! Y dio un fuerte mordisco a una zanahoria.

“¡Ni siquiera sabe lo que es dar un beso!”, pensó el pequeño sapo.

El sapo regresó a su charca. Se sentó sobre una piedra y se quedó mirando el agua.

“Nadie quiere darme un beso”, pensó muy triste. Entonces vio su reflejo en la superficie del agua. Y, de pronto, se le ocurrió una idea:

–¡Me daré yo mismo un beso!

Justo en el mismo momento en que el sapo se inclinó hacia su reflejo y tocó la superficie del agua con los labios, apareció un pez nadando a toda prisa y... ¡SMUAC! 

¡Ocurrió!

El pez creía que había una pulga de agua. Y quería comérsela.

El sapo pensó que el pez le había dado un beso. ¡Ay, qué contento se puso! Daba saltos por la orilla de la charca y no paraba de gritar:

–¡Me han dado un beso! ¡Me han dado un beso!

¡Pobre pequeño sapo!

Esa noche, el sapo durmió muy bien, pues se sentía muy feliz.

Aproximadamente a media noche se acercó una pequeña rana a su cama. La rana amaba al sapo desde hacía mucho tiempo, pero era demasiado tímida para decírselo. Sin embargo, la pequeña rana se inclinó sobre él y le dio un beso...

ERWIN MOSER
El ratón, el sapo y el cerdo. Ediciones SM


FUENTE: 
















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